COFRADIA DE SAN VICENTE MARTIR
DE LA PROVINCIA DE ALICANTE
ASOCIACION DE AMIGOS DE LA VIA AUGUSTA
DE LA COMUNIDAD DE VALENCIA
DATOS SOBRE TEMAS VICENTINOS DE 1102 A 1109
BVIA-1.1.003
1 al 4 de mayo de 1102.
Una vez se retiraron de Valencia las huestes del Cid Campeador, al frente del emperador Alfonso VI de Castilla, con la viuda de aquel, Doña Jimena, el obispo cidiano, Don Jerónimo de Perigord, y los mozárabes que quisieron acompañarles-que creemos fueron pocos-, llevándose el cuerpo del héroe castellano, reorganizose la mozarabía valenciana que prefirió quedarse y se restauró la jerarquía autóctona, gracias a que la colaboración de los cristianos nativos con el Cid había sido mínima y forzada por las circunstancias. Suponemos que fueron estos los únicos que emigraron.
El rigor de los almorávides-quienes, al abandonar Valencia Alfonso VI de Castilla con las tropas del Cid, se adueñaron el 5 de mayo de 1102, bajo cuyo mandato el monasterio vicentino fue asaltado y expulsado sus monjes, como se ha dicho-cedió, sin duda, totalmente cuando se hizo cargo del gobierno independiente de Levante, desde 1147 a1 1172, Ibn Mardanis, el famoso rey Lobo de las crónicas cristianas. De su histórico reinado destacan las continuas alianzas con los soberanos cristianos, contra los cuales apenas guerreó, e incluso una relación epistolar con él del Papa Alejandro III.
En este ambiente se explica la restauración del monasterio de San Vicente y la pervivencia de su iglesia, que adquirieron un singular protagonismo en la documentación real castellana y aragonesa, que titularemos “ciclo diplomático vicentino”.
Por ello, cumpliendo un voto o un ferviente deseo, el obispo mozárabe valenciano que sucedió a D. Jerónimo, una vez abandonó éste Valencia con las tropas del Campeador, emprendió su peregrinación a Tierra Santa, llevándose como protección para el viaje el brazo izquierdo de San Vicente Mártir.
Pero la ilusión quedó frustrada por una enfermedad que truncó la vida del animoso prelado en la ciudad italiana de Bari, en la Apulia, puerto de embarque en el Adriático para Palestina. Esta contrariedad hizo que el moribundo obispo entregara al arzobispo de Bari, Elías (+1105), la sagrada reliquia, que le seria devuelta en el caso de recuperar la salud. Por lo que al sobrevenirle la muerte, quedó el brazo de San Vicente en la basílica, entonces en construcción, de San Nicolás de Bari. La verdad de este curioso suceso nos consta por el autor de su narración, Juan, arcediano de Bari, testigo ocular de lo acaecido e historiador acreditado en la historiografía barense.
Traslados y repartición de reliquias:
La propagación de reliquias del mártir influyó en la liturgia porque en algunos casos las iglesias, donde éstas se veneraban, se convirtieron en centros vitales de su culto y difusión e influyeron en la hagiotoponimia vicentina.
Prescindiendo del arduo problema critico de verificar la verdad histórica de las dispares y desconcertantes versiones sobre las “traslaciones de su cuerpo” principalmente y de otras innumerables reliquias, así como la autenticidad de estos restos, nos referiremos solamente a los hechos principales tal como fueron creídos y aceptados porque, en definitiva, es lo que motivó la fundación de muchas iglesias, monasterios o capillas en honor de San Vicente y la asignación de su titularidad a muchos topónimos. Nos inspiramos en el valioso y todavía actual estudio del profesor Luis Lacger (1927), así como en los posteriores, igualmente documentados, de Ángel Fábrega (1953) y Carmen Gracia (1966) sobre todo, a los cuales remitimos al lector para una exposición más detallada, basada en fuentes y bibliografía, que se ha resumido, revisado y sistematizado.
Divide Lacger la historia de la difusión de las reliquias en dos periodos. El primero corre del siglo IV al IX, durante el cual el centro principal del culto originario del mártir, que continuaba en su basílica sepulcral de Valencia, lo fue también en la dispersión de algunas de sus reliquias. En menor escala se ha de conceptuar el de Zaragoza. Sitúa el segundo periodo, correspondiente a los siglos IX y X, las supuestas “traslaciones de su cuerpo” a diversos lugares, que se convierten, a su vez, en nuevos y poderosos centros de dispersión de sus reliquias, en sustitución del primitivo de Valencia, ocupada por los árabes.
En el primer periodo la dispersión comenzó con la de los recuerdos materiales pertenecientes al santo: como la estola, lienzos teñidos en su sangre, telas santificadas por el contacto con su sepulcro-los “brandea, palliola, sanctuaria”-; reliquias todas ellas tipificadas como “representativas”, a las cuales se profesó idéntica veneración que al cuerpo mismo.
Se debía esta limitación restrictiva a que la “costumbre romana”, defendida todavía por el papa San Gregorio Magno al declinar el siglo VI, en armonía con las rigurosas prescripciones del derecho romano relativas a la protección de las sepulturas, tenia por inviolable la tumba de un mártir y reputaba un sacrilegio la disgregación de sus huesos.
El uso de la traslación de las reliquias propiamente dichas o “reales” comenzó por los griegos y pudo propagarse en Occidente desde que lo admitieron personajes de tanta autoridad como San Ambrosio y San Agustín.
Se explica así el afán con que los devotos de San Vicente anhelaron poseer reliquias del mártir más celebre de España y uno de los más celebres de la Cristiandad.
Suponen Lacger y Carmen Gracia-sin aducir pruebas-que desde el siglo V el sarcófago de San Vicente de la basílica de extramuros de Valencia se abrió y comenzó la dispersión de fragmentos de sus restos, que, a partir de principios del siglo siguiente, aparecen por todo Occidente, señaladamente en España, Francia e Italia.
Descendiendo del terreno de las conjeturas al de la realidad, históricamente comprobada según Fábrega y Carmen Gracia, se conoce, durante este primer periodo, la existencia expresa de reliquias “representativas” o también de las “reales” por los siguientes países.
a) España
En España consta que las hubo en las ciudades siguientes:
-Valencia: basílica sepulcral (s. IV): además del cuerpo, un “lectulum”, tal vez el lecho en que murió, y lienzos mojados en la sangre de sus heridas.
-Zaragoza: basílica de San Vicente (s. IV): reliquia de su sangre, túnica y estola.
-Loja.
Vejer de la Frontera.
Las tuvieron probablemente las catedrales de Sevilla y Córdoba, dedicadas a San Vicente.
b) Galia
En la vecina Galia, a finales del siglo VI, cuando Venancio Fortunato recordaba a San Vicente en el poema “De virginitate”, sus reliquias constituían una preciada adquisición.
Y así las hubo, efectivamente, al menos, en la basílica a él dedicada en Orbaniaco (Orbigny), en Neuvy-le-Roi, cerca de Tour, y Becciacum (Bessay), lugar del Poitou; en el baptisterio de Dijón y en el monasterio de Le Mans (cabeza), ambos también de su titularidad.
La que se hizo más famosa fue la “estola” del santo, llevada en el año 531 a París por el rey Childeberto I como trofeo del sitio de Zaragoza, en cuyo honor fundó una basílica y un monasterio, que, con el tiempo, cambiarían su titulo primitivo por el del obispo San Germán, allí enterrado, que quedó en el definitivo de Saint-Germain-des-Prés.
c) Italia
Respecto a Italia escasean las noticias en este periodo, que no sean la existencia cierta de una reliquia en la basílica de San Esteban de Ravena (h 556), y de otra, muy probable, en el monasterio de San Vicente “al Volturno”, en la región beneventana, de la que luego se tratará.
d) Otros países mediterráneos
Otras reliquias, localizadas, según testimonios posteriores, en Split o Spalato (Salona) (Yugoeslavia) y Monembasia (Grecia), debieron llegar allí con anterioridad.
La Inscripción sobre una de las reliquias de San Vicente encontrada en Tamalla (Tocqueville), en Argelia, que refiere Lacger, pudiera atribuirse igualmente a algún santo homónimo local según Carmen Gracia.
Segundo periodo
Lo más característico del periodo segundo (s. IX-X) son las que han pasado a la historia con el nombre de “traslaciones del cuerpo de San Vicente”, que dieron lugar a que, desde el siglo IX, época del apogeo de las reliquias, varias naciones se enorgulleciesen de poseer en su integridad y contemporáneamente el cuerpo del mártir de Valencia: Italia-Germania, Francia y Portugal.
He aquí, en resumen, la génesis de tales pretensiones, desconcertantes para el historiador, a no ser que se las interprete, según la hermenéutica propia de tales fenómenos, de tomar una parte por el todo.
a) Italia-Germania
Los orígenes oscuros y humildes a que dio lugar la “traslación” al sur de Italia no se corresponden con el enigmático y sorprendente vuelo conseguido de su fama y repercusión posterior.
En un lugar agreste de la región beneventana, no lejos del nacimiento del río Volturno, donde existía abandonado, un oratorio de San Vicente, se fundó en el año 705/707 un monasterio benedictino, que pronto se convirtió en un centro de cultura en aquella comarca. Debía tener alguna reliquia del santo que, con el tiempo, se consideró su cuerpo. Magnificado todo ello por la gran prosperidad alcanzada un siglo después por el monasterio y la creencia de una supuesta traslación de los restos del mártir al mismo, ampliamente divulgada, lo convirtió también en centro de difusión del culto de San Vicente en el sur de Italia.
Para proteger tan preciado tesoro de las invasiones sarracenas se le trasladó a Cortona, diócesis de Arezzo, en la Toscana, de donde, por donación de su obispo, el emperador germano Otón el Grande, se lo llevó a Metz (hoy Francia), cuyo obispo Teodorico, su pariente, devoto de San Vicente, le había dedicado un monasterio; defraudando así los deseos de muchos obispos italianos, que habían querido poseer este cuerpo, sobre todo Ambrosio de Bérgamo, cuya sede se había erigido en honor de San Vicente.
b) Francia
Otra “traslación del cuerpo de San Vicente”, en el siglo IX, desde Valencia al monasterio benedictino de Castres, en el Languedoc francés, fue objeto de una novelesca y épica narración por Aimón, poeta y monje del citado monasterio de Saint-Germain-des-Prés, de París.
Este legendario acontecimiento dio ocasión a que el monasterio de Castres se convirtiera en el centro más celebre del culto a San Vicente en la Cristiandad europea y de su irradiación en la misma, sustituyendo al de Valencia, entonces en territorio musulmán hasta 1238, gracias al aprecio, por parte de los monjes, de tales restos allí venerados, y a la difusión extraordinaria del relato de Aimón, que fue generalmente aceptado. Culminación de todo ello fue que San Vicente llegó a convertirse en segundo titular del monasterio después de San Benito, y que el aniversario de la traslación de las reliquias, que comentamos, se introdujese, con el tiempo, en el calendario litúrgico el 23 de enero, día siguiente de su fiesta, incluso en Valencia y Zaragoza. Las consecuencias fueron imprevisibles, como se dirá.
De las vicisitudes posteriores, que coadyuvaron a consolidar la celebridad de San Vicente en el Mediodía francés, merecen recordarse las siguientes.
En 1215 el entonces príncipe y futuro rey de Francia, Luis VIII, habiendo ido en peregrinación a Castres, recibió una parte de la mandíbula, que depositó en la iglesia del monasterio de Saint-Germain-des-Prés, de París, tan relacionado con el santo. Y, en 1224, el cardenal cisterciense Conrado de Urach, el resto del cráneo, que llegó a Claraval, el renombrado monasterio de esta orden fundado por San Bernardo en la diócesis de Langres (Francia). Por este tiempo San Vicente se convirtió también en el patrón del municipio de Castres.
Su culto conoció un nuevo florecimiento desde que en 1258 el señor de la ciudad, Felipe de Monfort, entregó la iglesia de San Vicente a los frailes dominicos. Pero, al ocuparla los hugonotes en 1561, desaparecieron las reliquias. La iglesia y convento fueron, por fin, destruidos durante la Revolución francesa.
c) Portugal
Después de tres siglos de estar la abadía de San Benito y San Vicente de Castres en pacifico convencimiento de la posesión del cuerpo del protomártir de Valencia y haberse convertido en vigoroso centro de peregrinaciones de Occidente y de difusión de su culto y devoción, surgió en Lisboa una pretensión rival, desde que el primer rey de Portugal, Alfonso Enriquez I, según un autor anónimo del siglo XIII, creyó recibir en 1173 el “cuerpo de San Vicente” de unos mozárabes, que se decían descendientes de unos cristianos valencianos que lo habían transportado desde Valencia al promontorio Sacro de los romanos, en los Algarbes, huyendo de una persecución de los musulmanes, y lo depositó bajo el altar mayor de la catedral de Lisboa, en acción de gracias por haber conquistado esta ciudad.
En recuerdo de aquella “traslación maravillosa”, el rey habría concedido a la ciudad, capital del nuevo reino, sus armas consistentes en un bajel con la imagen de San Vicente. Lisboa se convirtió así en la ciudad del mártir valenciano, el Promontorio Sacro cambió su titulación por la de Cabo de San Vicente y este santo adquirió categoría nacional, como patrón de Lisboa y Portugal.
Las leyendas que mitifican tal acontecimiento y posteriores sucesos semejan una replica de lo ocurrido en Castres.
A raíz seguramente de dicha “traslación” se difundieron reliquias en Portugal, como de Coimbra y oporto consta.
d) Autenticidad discutida
Contradicciones tan flagrantes entre las pretensiones de Castres y Lisboa dieron pie a que desde el siglo XVI terciaran en disputa sobre la autenticidad celebres historiadores. La comienza en esta centuria el valenciano Pedro Antonio Beuter, advirtiendo lo inconciliable de ambas tradiciones (1538), al cual retó el portugués Andrés de Resende, a favor de su patria, en una carta a su amigo de Toledo, Bartolomé Quevedo (1567). A su tesis se adhirieron Ambrosio de Morales (1568) y el P. Juan de Mariana (1592). Pero el sabio obispo de Segorbe, Juan Bautista Pérez (+1597), se inclinó por Castres, lo mismo que Francisco Diago (1613). Juan Bolando se limitó a editar las fuentes de varias traslaciones (1643) y, con ciertas reservas, prefirió Tillemont la tesis de Castres (1698). Contrariamente, el P. Enrique Flóres, siguiendo a Morales, tomó partido a favor de la traslación a Portugal y sometió a una critica acerba la obra de Aimón, en que se pretendía basar la traslación a Castres (1752)
En tiempos posteriores se ha ido aclarando lo legendario que encierran los relatos mencionados y otros, llegando Lacger a las conclusiones siguientes:
1ª. La indiscutible personalidad del mártir, que dio pie a su celebridad y a la difusión extraordinaria de su culto; primero, gracias a los más antiguos testimonios literarios, patrísticos y litúrgicos y, a partir del siglo VI, por la difusión de sus reliquias, tal como de las principales “traslaciones” se ha expuesto.
2ª. No habría inconveniente en admitir que, en algunos casos al menos-Volturno, Gaeta, Algarbes-Lisboa-, la posesión de una reliquia del santo pudo derivar, con el tiempo, en la creencia de conservar el cuerpo entero, de no contradecir tan indulgente hipótesis del historiador francés el hecho de cómo se materializó este fenómeno en la veneración de unos restos completos.
Al margen de tales elucubraciones de Lacger, permanece con su fuerza histórica el hecho documentado de conservarse todavía el cuerpo de San Vicente en su basílica sepulcral de Valencia a mediados del siglo XII, como consta por lo arriba dicho, a propósito del viaje del obispo mozárabe valenciano a Tierra Santa, en los primeros años de dicho siglo, y de la carta del monje Hermann de Tour, de 1143, a Anselmo, abad del monasterio de San Vicente de Laón (Francia).
Por lo cual cobra actualidad la persuasión del historiador valenciano Roque Chabas, en 1909, de que “las reliquias de San Vicente no fueron llevadas a Castres ni a Portugal; acaso se escondieron aquí mismo (en Valencia), mucho después de las fechas citadas, cuando las guerras hicieron inseguro el suburbio de Valencia en que estaba la iglesia, o bien desaparecieron sus huellas con el tiempo y las devastaciones que hubo de sufrir aquel sitio”.
1067-1133.
Hildeberto de Tours escribe sobre San Vicente.
1109.
Muere Santo Domingo de la Calzada el 12 de mayo de 1109.
Reparó Santo Domingo la pequeña ermita, ya que habían crecido las malezas y habían retornado a sus fechorías los salteadores de caminos, y los devotos peregrinos se encontraban de nuevo a merced de individuos de la peor calaña. Reparó Domingo la capilla “y se dispuso a hacer una calzada cómoda y segura por donde pudiesen ir los pasajeros libres de insultos”. Para tan grande obra fue necesario talar los bosques allí donde eran más espesos y podían servir de guarida a los facinerosos; cegar algunas zonas pantanosas y construir un seguro puente de veinticuatro vanos que cruza el río, haciendo así más fácil el paso de los peregrinos. Muchas gentes de los alrededores se instalaron allí, construyeron sus casas y ayudaron al Santo en la tarea de dar hospitalidad a los peregrinos. Y así nació la ciudad de Santo Domingo de la Calzada.
San Juan de Ortega, entre Agés y Atapuerca al existir un paso difícil para los peregrinos, trazó una red de canales para sanear el lugar a la vez que labraba con sus propias manos una calzada y un puente, que los rigores del tiempo no se han atrevido a maltratar. También hizo el puente de la ciudad de Najera, con mucha paciencia y cuantiosos gastos, ya que el río Najerilla que la baña, es de curso torrencial y destruyó en algunas ocasiones las obras realizadas.
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